LO LOGRÉ...¿Y AHORA QUÉ?

Que cansancio el que tengo, no tengo ganas de nada, pero aún no logro lo que quiero, no estoy donde quisiera estar…

Este no es una publicación para personas “flojas”.
Esta es un espacio para ti, que no paras; que te exiges al máximo, que antes de conseguir algo ya estás pensando en lo siguiente; que cuando logras algo grande, en vez de celebrarlo te dices: “Esto era lo mínimo que debía lograr”. Y ahora… no tienes ganas de nada. ¿Te suena?

La psicología tiene un nombre para eso que sientes: perfeccionismo autoimpuesto. Es un patrón cognitivo que te lleva a establecer estándares tan altos, que incluso cuando los alcanzas, los minimizas.

Según la Teoría de los Esquemas Maladaptativos de Young, las personas que viven desde la autoexigencia suelen tener esquemas nucleares de inadecuación, fracaso o hipercrítica interna. Son estructuras mentales formadas muchas veces en la infancia, cuando aprendimos que solo valíamos si rendíamos.

La Terapia Cognitiva de Beck también explica cómo los pensamientos automáticos distorsionados—como “si no doy el 100%, no soy suficiente” o “no debo conformarme nunca”—afectan la forma en que sentimos y actuamos. Esa mentalidad genera logros, sí… pero a un costo muy alto: la incapacidad de sentir satisfacción real.

Imagínate un atleta que entrena sin parar. Corre más rápido, levanta más peso, nunca falta a una sesión. Pero nunca se permite descansar, ni estirarse, ni aplaudir su propio avance. ¿Qué pasa? El cuerpo no aguanta. El músculo se inflama. Y un día, colapsa.

Eso mismo pasa contigo. El deseo, la motivación, la exigencia… también son músculos emocionales.
Y si los obligas a rendir sin parar, sin gratificación ni recuperación, se rompen.
No es que no quieras hacer cosas… es que tu cuerpo y tu mente están en modo ahorro de energía para sobrevivir: has creado un entorno interno donde las ganas no tienen espacio para nacer.

Deja de esperar que todo te motive como si fuera un logro de película. A veces, estar tranquilo es más valioso que estar eufórico. Lo Normal también es bueno. Normal también es vida.

Puede sonar contradictorio, pero el primer paso no es esperar a sentirte mejor para actuar… sino actuar para empezar a sentirte mejor. Aquí te dejo algunos ejercicios simples que pueden ayudarte a reconectar con algo de ti

1.      Reconecta con el aquí y el ahora:
Pon música que te guste, toma una ducha larga, mueve tu cuerpo suavemente. Volver al cuerpo es volver al presente.

2.     Crea una rutina que no dependa del ánimo:
Haz un plan sencillo que puedas cumplir incluso sin ganas. Que funcione más como un ancla que como una meta. El hábito, a veces, es el camino de regreso. Ejemplo: Anota en una libreta: “Hoy haré lo posible por… tener una buena presentación”.

3.     Detecta la voz del crítico interno:
Anota frases como: “Esto no es suficiente”, “No debería cansarme por esto”. Luego, respóndelas con una voz más amable: “Esto fue difícil para mí, merezco reconocerlo”.

No estás mal por no tener ganas; estás cansado de exigirte sin compasión. Aprendiste a rendir, pero no a descansar. A cumplir, pero no a disfrutar. Y esa forma de vivir, agota. No necesitas empujarte más, necesitas tratarte mejor. A veces, lo más valiente no es seguir corriendo, sino darte permiso para parar, respirar y reconocer lo lejos que has llegado. Porque sí, a veces, volver a tener ganas no empieza con hacer más… sino con dejar de exigirte tanto, y simplemente permitirte ser.

Comentarios