EL MOTOR INVISIBLE: LO QUE MUEVE AL MUNDO

En muchas ocasiones nos mencionan que la disciplina, la motivación y la inspiración son importantes para el cambio, pero rara vez nos detenemos a ver lo que hay detrás de esto, lo que compone estas cosas. La receta es sencilla: dos pensamientos x una emoción, con una cucharada de lágrimas o de sonrisas.

¿Qué quiere decir esto? Que al mundo lo mueven las emociones. La manera en que una situación nos hace sentir es lo que nos moviliza de un punto A hacia un punto B, tratando de buscar una solución.

Piensa en el siguiente caso: cuando terminas una relación, independientemente de la razón, puedes llegar a sentir varias de las siguientes emociones: alegría, rabia, frustración, insuficiencia, tranquilidad, entre otras. Y esas emociones te llevan a tener diferentes pensamientos, pensamientos que, al final, después de darle vueltas, te llevan a actuar: alejándote, haciendo cosas para que esa persona vea que tú vales la pena, diciéndole que vuelvan, etc.

¿Dónde hay que poner cuidado?

En primer lugar, es importante reconocer que las emociones no son buenas ni malas, simplemente son respuestas naturales ante un estímulo y cumplen una función evolutiva (adaptación).

Cuando recién sucede lo que está pasando, te encuentras en el punto A. Puedes estar sintiendo tristeza, alegría, ira, egocentrismo; no depende de ti cómo te sientas, lo que depende de ti es cómo reacciones ante esa situación. Depende de ti si quieres llegar al punto B, que es el adaptativo, un tipo de respuesta que te va a contribuir, o si, por el contrario, quieres ir al punto C, que no te llevará a adaptarte de manera saludable a tu nuevo contexto, ya que puede estar lleno de vacíos, vicios o incluso más problemas.

Debemos tener cuidado de no caer en respuestas desadaptativas, como el rumiado (darle vueltas y más vueltas a lo sucedido sin llegar a una solución) o la proyección (atribuir nuestras emociones a los demás sin procesarlas internamente). Es fundamental ser conscientes de cómo las emociones no gestionadas pueden llevarnos a caer en patrones de comportamiento que no solo no nos ayudan, sino que pueden perpetuar el dolor o el conflicto.

En este punto, me gustaría mencionar el concepto de resiliencia: la capacidad para adaptarse y recuperarse frente a las adversidades. La resiliencia no significa no sentir dolor o tristeza, sino tener la capacidad de procesar esas emociones, aprender de ellas y encontrar formas de crecer a partir de la experiencia. Es un proceso que implica tanto la gestión de las emociones como el aprendizaje de nuevas formas de pensar y comportarse frente a los desafíos.

Finalmente, la estrategia que te brindo para esa gestión de las emociones se llama autocompasión. Practicarla nos permite ser amables con nosotros mismos en momentos de sufrimiento, reduciendo el riesgo de caer en la autocrítica destructiva. ¡Ojo! No se puede confundir la autocompasión con el victimismo. La diferenciación radica en que la autocompasión es una forma constructiva y saludable de relacionarnos con nuestro sufrimiento, siendo críticos de la situación y actuando de manera propositiva para superarla...

Comentarios